Voy a asomarme a la ventana a ver como la gente corre mientras unas de las primeras lluvias de invierno cae sobre ellos.
Domingo por la mañana... la resaca de anoche me devuelve la pereza. Prometí dejar los malos hábitos, pero ellos no me quieren dejar a mi.
No sé si es culpa tuya, mia, o del tiempo que no se preocupa en detenerse a mirar como estamos. Si necesitamos más de él o si por el contrario ya nos ha consumido del todo. Por lo pronto... no me dedicaré a observarte mientras duermes.
Ensucio mis manos de pintura negra y las paso por mi pecho. No consigo dibujarte, pues tu rostro es el de ella, y tu cuerpo se asemeja al de cualquier mujer.
No escondes nada a través de tu risa, no sé cómo pudiste sacar la mía.
No te he dado el beso de buenos días, ni te he llevado el desayuno a la cama, pero en el fondo me quieres.
Sólo soy el amante perfecto. No intentes atraparme, no soy tan vulgar.
Te dejaré una nota en la mesilla, para cuando despiertes, puedas volar.
Un lienzo en blanco sobre la mesa, otro en frente de mi, tal vez mis palabras no dibujaron y tan sólo describieron. Y ahora, temblorosas, intentan aprender a pincelar el borde de tu cuerpo, aún desnudo en mi cama.
Te miro y sigo escribiendo, no sé si serás tú quien definitivamente logre sacarme de este abismo. No sé si realmente quiero salir de él porque ya me he acostumbrado.
Vivir sin sufrimientos es no tener que decir nada para mi.
A lo mejor debería decirte que te vayas, pero como un cobarde esperaré a que te des cuenta de que solamente compartimos las sábanas y que ahora quiero que me devuelvas a la soledad de la mañana.
